domingo, 15 de julio de 2018

Notas (críticas e instantáneas) sobre las 50 medidas de austeridad y anticorrupción de AMLO:

·         Notas (críticas e instantáneas) sobre las 50 medidas de austeridad y anticorrupción de AMLO:

a)   Los criterios que norman su redacción es el del prejuicio y la generalización, no sólo son criterios poco confiables sino que además tomar medidas basado en éstos, se simplifica de manera atroz y peligrosa la política pública.
b)   Ejemplo de la generalización sin sentido: no adquirir equipos de cómputo en el primer año ni vehículos es una medida que seguro entorpecerá el servicio público y la eficacia del mismo.
c)   Otro ejemplo: la reducción hasta la mitad del sueldo a aquéllos funcionarios que ganen más de 1 millón de pesos, provocará en los hechos que un servidor público que gane esta cantidad, gane ahora en promedio 35 mil pesos mensuales, contando los 60 días de aguinaldo, sin contar otras prestaciones; ello necesariamente traerá repercusiones a los subalternos, se ve difícil y hasta contradictorio que un colaborador gane más que un titular.
d)   En este mismo ejemplo, por la propia generalización no provoca equiparar nada: reducir a la mitad per se solo terminará afectando a los que ganan menos, es decir a los que se encuentran en el límite del millón de pesos anuales, no a los que está sobre los dos o tres millones de pesos, pues su reducción al 50% permitirá que éstos sigan ganando más de un millón de pesos, es decir, por sobre los 70 mil pesos mensuales.
e)   En la eliminación de lo que él llama "áreas replicadas", mencionó a "las contralorías", lo que podría contradecir la lógica y diseño del Sistema Nacional Anticorrupción, pues éstas "contralorías", son hoy los conocidos Órganos Internos de Control, se requiere precisión al respecto.
f)    Muchas de esas medidas (no asistir en estado de ebriedad o embriagarse en las oficinas o la prohibición del nepotismo) existen hace años en la normatividad.
g)   Casi todas, son medidas no articuladas, no parecen ser sino mensajes y no perfeccionan en sí el sistema actual de rendición de cuentas, sino que se anotan en renglones menores sin que gocen de la complejidad de política pública.
h)   Disminuir de manera drástica, general y prejuiciosa los ingresos de los servidores públicos podría afectar en la profesionalización de los mismos, pues aunque hay evidentes casos de abuso, no necesariamente todos se encuentran en este punto. El problema no es el ingreso, sino la calidad del trabajo que se realiza. Quizá abaratemos el coste del Estado, lo que no implica que de manera colateral mejoremos la eficacia del mismo.
i)    Otra evidencia de este prejuicio es la "obligatoriedad" de jornadas laborales extraordinarias para los servidores públicos de confianza, al recalcar el mínimo de 48 horas semanales (8 más que los sindicalizados) y seis días. Quizá le falte entender que el nivel "confianza", carece en muchos casos de días de asueto por sus propias funciones y en ocasiones se labora en domingos, más de 8 horas y en horas extras.
j)    Finalmente, algunas son endebles y habrán de dirimirse en los tribunales, el congreso y la práctica y necesidad misma. Ejemplo de esto último podría ser la reducción de salarios a integrantes de otros poderes (retroactividad), enfáticamente la Suprema Corte, el Poder Judicial en sí, y los órganos constitucionales autónomos, él mismo dejó abierta esta puerta en la conferencia de prensa. La simplificación en el mensaje podría resultar contraproducente a sus fines: confusiones y posteriores decepciones son peligrosas en este contexto de lo que pareciera ser la última oportunidad para la esperanza democrática.

Nota al margen: una buena noticia es la participación de la Oficina de Transparencia de la ONU, lo que llevará e mejorar el sistema de compras y licitaciones del Gobierno; también lo es el criterio de participación de empresas multinacionales a aquellas provenientes de los países con los controles más rígidos a la corrupción corporativa. 



martes, 3 de julio de 2018

Después del primero de julio.



Después del primero de julio.
Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz.

México se encuentra como nunca frente a su futuro, colmado de oportunidades democráticas, de esperanza social, pero también de incertidumbres y retos. El resultado histórico innegable del primero de julio trajo un ánimo de celebración a la sociedad en dos sentidos: el primero, de un ajuste a partir del instrumento clásico y más efectivo de rendición de cuentas, el voto, y el segundo, por una legítima expectativa de transformación social con un rumbo y visión diferente a la que, en la conciencia popular, ha guiado estos años la vida pública de México. Sin embargo, también nos enfrentamos a un cúmulo inherente de incertidumbres, las propias que caracterizan a la democracia y las de una opción cuyas formas, dinámicas y objetivos, apenas se alcanzan a visualizar, desde diferentes perspectivas, no pocas veces disonantes entre ellas, incluso contrapuestas y no tan claras como se acostumbraba en anteriores sucesiones.

Todos los retos que se visualizaron en la campaña siguen pendientes, salvo quizá la reacción antidemocrática. La tarde y noche del primero de julio, México demostró ser una democracia en formación de demócratas consistentes y convencidos. Nuestras instituciones funcionaron a la altura de los sistemas constitucionales democráticos más acabados del mundo y no hubo regateo alguno a los resultados, de por sí abrumadores. Tendremos que hacernos cargo de la desigualdad, de la lucha contra la corrupción y la violencia, con nuevos elementos en el horizonte: una nueva relación de equilibrios y contrapesos en los poderes de la unión, las autonomías y soberanías constitucionales. El proyecto ganador, dejó de ver durante toda la campaña una visión anterior a la que hoy existe en nuestro sistema político al respecto y la elección trajo consigo una mayoría legislativa absoluta a la coalición encabezada por Andrés Manuel López Obrador.

Es deber democrático de todos los mexicanos reconocer la victoria del líder social que hoy es Presidente Electo, y también es obligación de una ciudadanía libre, moderna y comprometida, acompañarlo leal y críticamente, vigilarlo y respaldarlo, según sea el caso y de acuerdo a nuestras convicciones y filiaciones partidistas, ideológicas e intereses.  Esta tercera alternancia, para muchos (incluido yo mismo), la confirmación faltante de la consolidación de nuestra democracia, debe llamarnos al ejercicio de ciudadanía, como antes, como siempre. Hay que evitar permisos para excesos, pero también los obstáculos innecesarios. La oposición habrá de enfrentar la  no muy sencilla tarea de equilibrar sus posicionamientos a riesgo de cargar con el reproche popular y desaparecer del escenario, circunstancia potencial que a nadie conviene, ni siquiera al propio Presidente.

Dejemos fuera los temores y resolvamos los pendientes. La mejor manera de evitar que pase lo que nadie desea, es en la labor cotidiana, permanente, responsable y transparente a favor de nuestra democracia. Defendamos a las instituciones en su esencia, reformemos el sistema en sus fallas, fortalezcamos sus virtudes y ampliemos nuestras ambiciones, como país nos lo merecemos todos.

No puedo dejar de congratularme por quiénes han hecho un esfuerzo histórico, de vida, congruente, de resiliencia y resistencia por lo que hoy ven cumplirse. Provengo del aprendizaje de muchos de ellos. Enhorabuena, hagan de la poesía de sus protestas política e historia. A quiénes desde enfrente hoy asumimos un nuevo rol, nos queda la experiencia del poder del voto. La rendición de cuentas, tan esperada, tan anunciada y tan negada por lo que hoy la celebran, está aquí, aprovechémosla todos. Llegó la hora.

Cierro: como lo anuncié, no voté por López Obrador. Contará con mi lealtad como ciudadano crítico, analítico, en favor y en contra de muchas de sus posiciones e ideas, pero sobre todo, tiene mi confianza prestada. Sí coincido, no le escatimaré reconocimiento, si disiento no faltará mi voz, aún en el desierto.


@CarlosETorres_



Antes del primero de julio.

Antes del primero de julio


Es quizá por nuestro pasado, lejano y cercano, que hemos aprendido a fincar demasiadas esperanzas en la figura Presidencial, cúspide de nuestro sistema político, aún cuando en los últimos cuarenta años hemos venido transformando dicho sistema a razón de, justamente, restarle margen de decisión,maniobra y control a quién encabece el Poder Ejecutivo Federal (e igual en los Estados, en donde arrancó la transición democrática).

Este domingo, además, acudimos al más importante y trascendente proceso electoral de nuestra historia, aún antes de cualquiera que sea su resultado: como nunca elegiremos representantes y autoridades de los tres niveles de gobierno en el que se organiza nuestro Estado Federal, y como nunca, existen condiciones para que por primera vez en la historia una opción, formalmente de izquierda, resulte triunfadora… en casi todos los escenarios.

A diferencia de muchos compañeros de filiación ideológica yo sí creo que es justificable e incluso deseable que la ciudadanía vote con el ánimo de desencanto, hartazgo y malestar social que es innegable, lo creo por el simple hecho de que es la más clásica y rotunda vía de rendición de cuentas en toda democracia que se precie de serlo. Coincido sí, en que estas condiciones son sumamente peligrosas para el propio sistema y que alimentar esperanzas de una transformación social histórica, en momentos tan complejos de la vida pública e incluso del ámbito internacional, es una irresponsabilidad que podría profundizar más la desconfianza de la ciudadanía en la política, la democracia, las instituciones y el Estado mismo. Hay una franca ligereza hacia la demagogia y el simplismo, ambos reconocidos en el adjetivo electoral del “populismo”.

Antes del primero de julio es justo saberlo: la Presidencia de la República, aún con todas sus fortalezas, no es lo que alguna vez fue. La transformación constitucional e institucional que justo hoy permite a una opción ser la favorita, desarticuló gran parte de los poderes con que solía gozar esta instancia del poder en México y hoy, cuando menos en teoría, nos aproximamos a una órbita de poderes, órganos autónomos y niveles subnacionales de gobierno, con amplias facultades y mecanismos para restringir las posibilidades de decisión y acción del Poder Ejecutivo.

El país tiene más retos de los que puedan resolverse en seis años. Dar un viraje hacia los años 70s o aún antes, solo nos pondrá más lejos de las soluciones. Si bien es legítimo, entendible e incluso, puede haber coincidencia, en que el modelo económico no ha permitido disminuir la brecha de desigualdad que separan tan drásticamente a unos mexicanos de otros, tampoco es dable conceder en una añoranza a tiempos en los que más lejos nos encontrábamos de los remedios contra los otros dos grandes males de nuestros tiempos, que en mucho contribuyen al primero: la corrupción e impunidad y la ausencia de una cultura institucional, social e histórica de respeto a los derechos humanos.

De todos los discursos, éste fue el que más grave me pareció y en el que mayor atención pusimos todos. Los liberales, cargados de la soberbia del fin de la historia y del cálculo político, estamos acudiendo a una derrota peligrosa más allá de nuestra visión de México y el contexto. Fuimos incapaces de construir una vía, no hay en la boleta un solo expositor sin ambages del liberalismo.

Es momento de una definición pública: mis causas son públicas y conocidas. La mejor propuesta que escuché en toda la campaña para combatir la corrupción fue la de José Antonio Meade: fortalecer al Sistema Nacional Anticorrupción con la participación del Instituto Nacional Electoral y el Sistema de Administración Tributaria, permitiría que el SNA cuente con las suficientes herramientas para golpes a dos estímulos permanentes que permiten el círculo perverso de la corrupción política, la más preocupante de todas: el enriquecimiento ilícito y el lavado de dinero, así como la inyección de recursos públicos a las elecciones para control político y complicidades transexenales. Por eso, votaré por él. También estoy preocupado, irritado y decepcionado por los escándalos de corrupción, por la imparable violencia, pero no encuentro en las opciones alternas a ésta soluciones, sino reclamos sin fondo.

Anaya nunca me convenció, ni su alianza, cuya pluralidad nunca terminó de concretarse ni de limitarse para darle coherencia. He escrito más al respecto en estas páginas.

De López Obrador, tengo tantas reservas como las que he expresado reiteradamente en este espacio de libertad. Tiene hoy posibilidades arriba del 90% de llevarse la elección el próximo domingo, según el sitio concentrador de encuestas Oraculus. Logró convertirse en un movimiento social a partir de los errores de sus adversarios en los últimos doce años, más que de aciertos suyos. No veo, salvo una sorpresa que podría resultar contraproducente al ánimo post-electoral, que caiga de esa posibilidad. Antes del primero de julio, que quede claro: las transformaciones sistemáticas voluntaristas no existen, y lo que más se aproxima, no suele ser tan encantador: autoritarismo, absolutismo o dictadura.

Sobre todos pesan dudas legítimas, reclamos y exigencias. No soy omiso,mas me responsabilizo, y cabe enfatizar: un voto no nos aleja de un ideal de país, nos acerca con todo y nuestras naturales diferencias. ■


@CarlosETorres_

martes, 20 de febrero de 2018

¿Comisión de qué?
Por: Carlos E. Torres

Este debate tuvo lugar en junio de 2014. Hoy ha vuelto a tomar vigencia. Comparto.

Hace algunos días sostuve un debate vía Twitter con el Senador del PAN por Jalisco José María Martínez Martínez, por sus declaraciones en la instalación de la Comisión de familia y del Desarrollo Humano.

El tuit que desató la discusión fue éste:

@CarlosETorres_: “Y entonces aparece @EverardoPadilla defendiendo a @ChemaMtzMtz ah y si dicen algo ¡Ustedes son los intolerantes! ¿WTF?”

A lo que el Senador Respondió:

@ChemaMtzMtz@CarlosETorres_ @EverardoPadilla lo distintos que pensamos diferente a usted que les propone ? (Sic)

Aquí el resto del debate en el que omitiré los usuarios que luego se involucraron en el debate para facilitar la lectura:

@CarlosETorres_: Puede pensar diferente, pero en su caso Senador es su obligación PROMOVER, PROTEGER, RESPETAR y GARANTIZAR los DDHH (Art. 1)

@ChemaMtzMtz: Los distintos para ustedes que DH tenemos ? (Sic)

@CarlosETorres_: No se haga víctima, no vulgaricemos esto. Es por los DDHH de todos (principio de universalidad)

@ChemaMtzMtz: exacto. Entonces respétenlos

@CarlosETorres_: ¡Respételos usted Senador! Cumpla con su OBLIGACIÓN CONSTITUCIONAL ¿Debo pedírselo por favor?

@ChemaMtzMtz: Podría también buscar garantizar el de los que piensan como yo. ? (Sic –otra vez, así escribe el  Senador)

@CarlosETorres_: ¿De verdad no conoce ni los principios de los DDHH y pretende legislar sobre Desarrollo Humano? Principio de Interdependencia.

@ChemaMtzMtz: Reitero puedo trabajar por los derechos de los que piensa diferente a ti? (Ajá, sic)

@CarlosETorres_ Le reitero: lea sobre el principio de interdependencia, si no lo hace perdemos el tiempo, no me entiende Senador

Aquí me dejó de contestar, y culminó el debate de su parte.

El debate es, en términos técnicos, risible. Si el Senador conociera cuándo menos los principios básicos del Estado de Derecho moderno, entendería los principios a los que hice alusión, y que el vulnera en sus posiciones en torno a los Derechos Humanos reconocidos por la Constitución.

Debería saber que el principio de universalidad, en pocas palabras significa que TODOS tenemos los mismos derechos, sin importar condición, raza, orientación de cualquier tipo y demás características que nos hacen diferentes, pero no por ello desiguales.

Es su deber entender que el principio de interdependencia, significa que al violentar uno sólo de los Derechos Humanos, se vulneran a todos, pues pierden valor los unos sin los otros (Ejemplo, si no se tiene derecho a la libertad ¿Qué sentido tiene que se tenga derecho a la educación?)

También podría entender el Senador que los Derechos Humanos se sustraen de las decisiones de la mayoría, puesto que éstos le pertenecen al individuo con independencia del conjunto social y del Estado mismo, son invulnerables e innegociables, por la sencilla razón que, citando a Luigi Ferrajoli, la mayoría no concede la razón. Si no fuera así, mañana cualquier mayoría podría aplastar a cualquier minoría.

Me permitiré una exageración para ilustrar: estos principios nos separan de países totalitaristas, como en los que se apedrea hasta morir a las mujeres que son descubiertas cometiendo adulterio, norma que está sustentada en la aprobación de la mayoría e inspirada por el Islam.

Calificó a las familias no tradicionales como “modas y tendencias”, regañó a la Suprema Corte y al Distrito Federal por permitirlas, pero tomo esta sencilla declaración:

“Este modelo de familia sin que ello nos signifique a todos los mexicanos”. Apunto: el Senador no nos significa a todos los mexicanos, ni su partido, luego entonces ¿Por eso podemos desconocerlos? ¿En qué democracia, en qué Estado de Derecho –no de derecha ¿eh?- un modelo de institución –sea cual sea- “significa” a la totalidad? ¿Entenderá el Senador que su aspiración, partiendo de la pregunta anterior tiende a lo que conocemos como totalitarismo? Sí, justamente lograr un modelo, posición ideológica y visión de país y sociedad única, que “nos signifique a todos”.

Aspira el Legislador panista a retornar a la edad media oscurantista, y debe quedarle claro: no se lo vamos a permitir, si su partido lo sostiene, allá ellos y su propuesta política a la ciudadanía, a la sociedad mexicana mucho le ha costado llegar a dónde estamos, como para retornar a la primera etapa de la conquista. Melancólico de la inquisición nos resultó ser este señor.

Luego, en una entrevista que concedió al entrevistador Carlos Puig en Milenio TV[1] hizo otras declaraciones no menos “propias” de su discurso:

“Yo respeto a los homosexuales y a las mujeres”. No pues… ¿Gracias? Quizá se le hizo bolas el engrudo (pienso tratando de justificarlo porque son muchas en pocos días), también hay mujeres homosexuales, y pues ahí ya no entendí de dónde surgió su expresión sexista.

“La familia es este ecosistema”… ¿quién le impartió Biología?

Entre los mensajes (no declaraciones textuales, recomiendo ver la entrevista) que le arrancó el entrevistador al Legislador están los siguientes:

Es convicción del PAN: las mujeres que abortan voluntariamente son asesinas. Sin comentarios.

A un niño educado por dos hombres o dos mujeres se le vulnera su identidad de género. Aquí Si me permito estos apuntes: ¿Sabrá el Senador que en regiones con alto nivel de migración muchos de los niños son formados por su madre, abuela y tías? ¿Habrá escuchado del matriarcado, modelo de familia muy común en la tradición mexicana? Sí eso es violatorio de los derechos humanos de un infante desde su perspectiva, hay que decirle: lo violatorio es que ése niño  no pueda gozar de la figura de uno de sus padres por razones económicas y de supervivencia, condiciones de pobreza y desempleo que aumentaron en los dos gobiernos de ése partido que, según el Senador, cataloga a las mujeres que abortan voluntariamente asesinas: el PAN.

Finalmente:

Quién sabe de dónde habrán sacado los Senadores la facultad para Legislar sobre la Familia y qué entienden por familia, y sobre desarrollo humano y qué entiende por este último concepto.

Que lamentable que el Senado, el que debería ser el cuerpo político más ilustrado de un país haya caído en ese nivel: que uno de sus integrantes, al que han confiado encabezar ésta cruzada legislativa por la familia y el desarrollo humano, no entienda siquiera el primer artículo de la Constitución, nada más y nada menos que la Ley Fundamental del país al que sirve, y a la que juró “guardar y hacer guardar”.

No entiende el panista éste de Derechos Humanos… defiende ideas vagas y anacrónicas de lo que él cree que son éstos… no ha cuidado sus palabras, sus respuestas, ni sus posiciones. No ha ofendido a la comunidad homosexual, ha ofendido a la ciudadanía con su ignorancia de lo que tiene el encargo de cumplir y hacer cumplir ¿Cómo cumple y hace cumplir algo que no conoce? Por congruencia el Senador, debería cuando menos pedir licencia, tomar un curso rápido de Derecho Constitucional, y luego… bueno, sí quiere que se quede dónde ande.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Nos llamamos México.

Nos llamamos México.
Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz.

Es inevitable no sumarse a la narrativa que nos arrastra entre la desgracia, la consternación, la esperanza y la solidaridad. Tanta distancia hay entre estos términos como la grandeza de nuestra patria en su elemento más importante: su gente, el elemento vivo, activo, de carne y hueso. La fatídica fortuna, que puso como fecha de prueba el 19 de septiembre se ha llevado la más grande sorpresa. A ese pueblo que se le sojuzga a cada rato por unos cuantos mezquinos que ocupan el centro de la agenda, le ha dado la oportunidad de mostrar su verdadero rostro: el de una mayoría buena, dispuesta a unir sus brazos y fuerzas con sus vecinos, amigos e incluso desconocidos, para salvarse a sí mismo en el otro.

Hay cientos, miles quizá de historias heroicas en los días que han pasado: desde la pequeña que rompe su alcancía para donar, hasta los ancianos que han hecho de voluntad energía, pasando por las imágenes de miles de jóvenes, que le han dicho a la historia: aquí estamos, nada volverá a ser igual.

Del terremoto de hace treinta y dos años nació no sólo la experiencia, sino la democracia misma. Muchos olvidan, en la narrativa de la transición democrática, que fue justo entre los escombros de aquél 19 de septiembre de 1985 que el mexicano se descubrió ciudadano entre ciudadanos. A partir de ahí la organización de la sociedad, que apenas asomaba antes, se volvió una práctica común para los habitantes de la Ciudad capital, lo que a la larga le provocó convertirse en la latitud más progresista, liberal y democrática del país. Enrique Krauze lo llamó: el bautizo cívico; Carlos Monsiváis lo describiría así: “(…) fue la conversión de un pueblo en gobierno y el desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser también, la importancia súbita de cada persona.”

Antes de que cualquier institución pudiera reaccionar, ya estaba ahí la sociedad, la más grande de todas las instituciones, más coordinada, más entregada, con mejor noción del significado romántico de la política: el bien común. Ahí, entre el asombro, la desesperación y la desgracia, miles de mexicanos comunes entre ellos, pero extraordinarios como lo son, se volvían uno solo y transformaban el ambiente en esperanza, solidaridad y fortaleza común. 

No sé, desconozco pero dudo, que exista otro pueblo igual. Que los desastres tengan que ver como su legado pasa a ser marginado en las páginas de la historia, por sus víctimas que pronto hacen de su conducta y reacción, la verdadera historia, el legado permanente de transformación. La destrucción está ahí, pero más pronto que tarde reconstruiremos, lo que en cambio difícilmente se perderá, serán las experiencias, las alegrías de saberse parte de la salvación de una vida, el arranque a la solidaridad, la voluntad pura de ayudar, el llanto compartido y también, claro: el sentido de tomar el poder y ser el poder mismo.

Nos queda ocuparnos de los otros estados afectados, de nuestros hermanos de Morelos, Puebla, Oaxaca, Chiapas, Guerrero. No hemos terminado: apenas estamos empezando, pero a la historia, a la fortuna, a la desgracia y al mundo, pero también a nuestra clase política y gobernante: debe quedarles claro cada que nos volteen a ver: nos llamamos México, y eso es, lo demostramos otra vez, símbolo de fortaleza en nuestra solidaridad y hermanamiento, nunca nos volverán a vencer.  Esta vez no temo equivocarme.

@CarlosETorres_



lunes, 13 de febrero de 2017

Democracia. Gobernanza. Rendición de cuentas.

Democratización, rendición de cuentas y gobernanza

 Primera parte 
(Publicado por La Jornada Zacatecas, en su versión impresa del día 27 de julio de 2016. http://ljz.mx/2016/07/27/democratizacion-rendicion-cuentas-gobernanza/)

El país ha logrado dar un salto en materia de combate a la corrupción. Con el nacimiento del Sistema Nacional Anticorrupción, se ha dejado atrás la idea de una “Comisión anticorrupción” o un “Tribunal de cuentas”, ambos, órganos insuficientes para responder a un fenómeno sistémico y complejo como lo es éste.

Además de lo anterior, el proceso legislativo que dio origen a las Leyes que conformarán el sistema, atendió con inteligencia política la realidad innegable de un país que sigue democratizándose, si entendemos por democratización no sólo el hecho de contar con instituciones electorales sólidas, sino también con la innegable concientización de la sociedad sobre la importancia de su participación en democracia, ostentándose ya no sólo como “dueña original de la soberanía”, sino como un actor fundamental que propone, promueve, presiona, condiciona y controla a sus representantes y funcionarios.

Así en la discusión, análisis e incluso promulgación de las siete leyes del Sistema Nacional Anticorrupción se ha podido constatar la importancia y fuerza de una sociedad civil que ha hecho suyo un tema que le toca abanderar sobre cualquier otra instancia política; dado que la rendición de cuentas es, más que un control político entre poderes u órganos del Estado, un ejercicio en que éstos deberán confrontar sus actos, con el ciudadano, ejerciendo éste así, un control directo de lo público, generando opinión y tendencia para lograr consecuencias, éstas sí, a través de las instituciones constitucionales correspondientes.

Como ha escrito Ackerman, se trata de un concepto expansivo de rendición de cuentas, que evidentemente contiene elementos de democracia, en ambos sentidos, como la institución fortalecida, pero también como la causa de esta dinámica de interacción política; a su vez implica un alto nivel de participación ciudadana.

Coincidamos en un punto: las diversas transiciones que inició nuestro país a finales del siglo pasado (política, económica, jurídica, social, demográfica, tecnológica, etc.), han traído como consecuencia la reconfiguración de un México distinto, con mexicanos con orígenes definidos en el pasado, pero con un presente de expectativas más informado (no significa “mejor informado”), mucho más crítico y sobre todo: más exigente; cada vez más social y cada día menos incrustado en el “laberinto de la soledad”, cada vez menos desconfiado y más articulado a su entorno.

No siempre les queda claro esto a nuestros políticos, quiénes apenas alcanzan a percibirlo en distintos momentos de este nuevo rostro del mexicano. La fuerza con la que incursionaron las organizaciones civiles que participaron en la redacción y promoción de la multicitada, iniciativa ciudadana “Ley tres de tres” (Ley General de Responsabilidades Administrativas), sentó a nuestros políticos frente a más de seiscientos treinta mil mexicanos hartos de la corrupción, pero sobre todo, de los mecanismos jurídicos que permiten la impunidad, sin que se divisara la voluntad política suficiente para cambiar de fondo la arquitectura institucional que la permitía.

Ahí ha despertado la posibilidad de una nueva transición: la cívica. La demostración de que el nivel de ciudadanía se está elevando, y con ello, inevitablemente la calidad de nuestra democracia. El elemento que durante la post-alternancia pareció ausente ha reaparecido, sólido, fortalecido, propositivo, dinámico y solidario: el ciudadano.

Durante el proceso de gestación de la transición democrática, fortalecimos a los partidos, como instituciones que permitirían la pluralidad política y con ella, la rendición de cuentas institucional, de manera tradicional. En el proceso, se supuso, la ciudadanía se fortalecería como consecuencia del debate y la confrontación democrática. Los partidos y sus agentes fueron capaces de pervertir esta posible bondad de la competencia electoral, a través del clientelismo.

Sin embargo hubo cotos (principalmente en la clase media), en los que dicha perversión no penetró patológicamente, evidenciándose hoy como la oportunidad para un nuevo proceso de democratización, a partir del concepto más acabado de una democracia liberal con participación social sustantiva: la rendición de cuentas en la lógica de la gobernanza; es decir: no sólo la rendición de cuentas interinstitucional (al interior del Estado y sus órganos), sino una rendición de cuentas democrática, con participación social permanente, como observadora y denunciante de lo incorrecto.

Aquí es donde podemos encontrar un triángulo inédito en nuestra historia: el proceso de democratización, evidenciado a través del ejercicio cívico-político de rendición de cuentas, ambos insertados en la dinámica de la gobernanza, con la participación de elementos no estatales (asociaciones civiles, iniciativa privada, organizaciones sociales, instituciones académicas).


Segunda parte (Publicado por La Jornada Zacatecas, en su versión impresa del día 3 de agosto de 2016 http://ljz.mx/2016/08/03/democratizacion-rendicion-cuentas-gobernanza-2/)

El proceso de democratización en México ha tenido varias etapas: primero fue la liberalización, o apertura, del régimen, lo que devino en nuevos derechos y posibilidades de participación política, expresadas, principalmente, en el ámbito electoral; luego la ampliación de la representatividad plural, junto a un activismo creciente de sectores que habían estado ajenos a los procesos de esta naturaleza, hasta llegar a los gobiernos divididos y las alternancias (locales y nacionales), pasando en todos estos años por lo que Mauricio Merino ha denominado la “Segunda transición”, en la que se ha construido, con una intensa participación ciudadana, un sistema, más o menos “completo, articulado y coherente de rendición de cuentas”.

Como bien lo expresa el autor citado: “luego del exitoso esfuerzo que emprendió en la última década del siglo pasado para construir un nuevo sistema electoral que le permitió transitar de manera pacífica de un régimen de partido prácticamente único a una democracia pluralista, la agenda pública comenzó a enfocarse en la crítica hacia las formas tradicionales de ejercer la autoridad ganada en las urnas.” O sea, en la rendición de cuentas.

Pero habrá que aclarar que este esfuerzo no estuvo, necesariamente en todo momento, impulsado por la clase política, pues una vez que el acceso al poder y la representatividad se pluralizó, también lo hizo la comodidad con la que muchos decidieron ejercer el poder, amparados por la falta de mecanismos para ser llamados a rendir cuentas y a responder de sus actos, decisiones y omisiones.
En esta “segunda transición”, la construcción de una arquitectura institucional que permita a los ciudadanos exigir argumentos, explicaciones y resultados a sus gobiernos, ha sido más bien una tarea emprendida desde la academia y la sociedad civil, a la que los partidos políticos han ido accediendo por la presión que se ha ejercido sobre ellos.

Todo lo anterior se ha logrado gracias a una transición cierta, evidente e innegable, de una sociedad ajena al activismo civil, a una que cada día delibera y actúa más. No es posible decir que no sucedía antes, lo que es importante destacar es el proceso de madurez que han tenido estos esfuerzos, lo que se manifiesta en la articulación de causas y el diseño de estrategias exitosas que permiten a los conglomerados ciudadanos imponer agenda sobre sus representantes.

María Amparo Casar (Los sonidos del silencio. Nexos, 456), lo escribe atinadamente: “Con todas sus insuficiencias la sociedad hoy habla, grita, debate y se manifiesta. Lo hace en las calles, en la prensa, en la radio y la TV, en la redes, en los desplegados, en los libros, en los coloquios, en los reportes de los think tanks y en cuanto foro público se inventa”.

Como resulta evidente la sociedad mexicana ha ido asimilando los cambios políticos y constitucionales a su favor, y sobre todo, como instrumentos de participación que han resultado efectivos, si atendemos a los fenómenos recientes de influencia social sobre las decisiones gubernamentales, logrando incidir en el diseño, implementación e incluso en la evaluación de las políticas públicas, las acciones y determinaciones de los tres poderes tradicionales, así como de los órganos del Estado que han sido creados justamente en razón de lograr una rendición de cuentas horizontal (según la teoría de O’Donnell).

Ya no solo resulta lógico y casi un hecho inherente, que al Poder Ejecutivo se le pida apertura, transparencia y explicaciones sobre sus decisiones, cada día más se impone esta dinámica al Poder Legislativo y al Poder Judicial, y hay que apuntar que a ambos les falta aún mucho por aprender al respecto, pero los avances parecen ciertos.

Pero aún nos falta camino por recorrer. Aún sigue siendo un sector minoritario el que se ha formado, el que es distinto al que, hace más de cuarenta años señaló Arnaldo Córdova (La formación del poder político en México): “… las masas populares no se han reeducado políticamente, no se han modernizado, en ellas sigue dándose el culto más empedernido y más desenfrenado a la autoridad del poder”. Justo es decir que mientras que las desigualdades y principalmente de carencias, convivan con la democracia electoral, no habrá más civismo que el de los que pueden darse el lujo de atender a la política, sin dejar de atender sus necesidades más básicas.

Tercera parte (Publicado en La Jornada Zacatecas, en su versión impresa del día 10 de Agosto de 2016. http://ljz.mx/2016/08/10/democratizacion-rendicion-cuentas-gobernanza-3/)

El argumento de este texto se basa en la articulación de los tres conceptos que le dan título. Supone que una adecuada combinación de los elementos de democratización (especialmente, activismo y concientización ciudadana), rendición de cuentas (haciendo énfasis en el ejercicio de responder por los actos, omisiones y decisiones de toda autoridad) y gobernanza (considerando las ventajas de la participación de los sectores público, privado y social), pueden no sólo llevarnos a nuevas dinámicas institucionales, sino también sociales e incluso, considerando las ventajas de las mismas, a mejores niveles de bienestar general.

No es novedoso decir que la democracia tal y como la imaginamos cuando el país se cimbró rumbo a su consolidación ha resultado decepcionante. Este mismo riesgo corre hoy el término “anticorrupción” y “transparencia”, pues sin su adecuada articulación con otros elementos inherentes a la rendición de cuentas y a los del concepto de democracia sustancial, éstas terminarán siendo quimeras de moda y desilusiones en la historia.

Hay que otorgarle su justa dimensión a cada uno de estos conceptos. En cuanto a la democratización, se puede coincidir plenamente con Octavio Paz (Respuestas a diez preguntas, en El ogro filantrópico): “La democratización, me apresuro a decirlo, no significa la solución automática de los problemas de México pero es la vía, la única vía, para que aparezcan a la superficie esos problemas. Los problemas y, sobre todo, las soluciones, las posibles soluciones. Nuestros problemas son graves. El mayor es la disparidad entre el México desarrollado y el México marginal”.

Lo que sí podíamos esperar de la democratización en México, es lo que poco a poco aparece: pluralidad, politización, debate, de pronto polarización y la exposición de problemas que parecíamos ignorar. El objetivo final es que la democracia nos sirva como método de abatimiento de los tres problemas más graves que México enfrenta: el ya mencionado fenómeno de la desigualdad, cada día más evidenciado e identificado; el de la apropiación plena de una cultura pro derechos humanos, no sólo en las autoridades (quiénes sin duda deberán encabezar esta conciencia), sino también de la sociedad en general; y finalmente, el de la corrupción, que mucho contribuye a complicarnos los otros dos.

Podemos decir que la democratización está vigente y que incluso poco a poco, como todas las conquistas perdurables y los logros sólidos, hemos ido abandonando la clasificación de “democracia delegativa”, utilizada por Guillermo O’Donnell, para identificar aquellas “democracias” en las que el Poder Ejecutivo pareciera entender la delegación del poder que se le hace mediante elección para todo, y paralelamente se niega a la “responsabilidad horizontal”, es decir, a la creación de instituciones y mecanismos que permitan al propio Estado llamar a cuentas a algunos de sus órganos, por otros. Hoy en determinados temas existe esta posibilidad, el más concreto quizá sea el del papel que juega la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y sí logramos el éxito del Sistema Nacional Anticorrupción, será éste el conjunto institucional emblemático de dicha lógica.

Ahora bien, estos elementos deben consolidarse en la posibilidad de que la deliberación pública se vuelva una costumbre inevitable de cualquier servidor público (léase en la definición que de éstos hace la Constitución Política, y que abarca a los tres poderes y organismos autónomos), para que se argumente, expliquen y comuniquen con sensibilidad y eficacia cada acción, omisión, decisión o política pública, con el cuestionamiento, retroalimentación y participación del sector social y el privado.

Esta estrategia significará, en su práctica, una oportunidad para el fortalecimiento de la democracia, la recuperación de la confianza y credibilidad de la política, la legitimidad del régimen y el prestigio de la actividad pública.

Por eso, no basta con la democratización, ni la rendición de cuentas o la implementación de la lógica de gobernanza, si no están articuladas y se fortalecen bondadosamente unas con otras.

Éste es un apunte más que busca enfrentar lo que Carlo Galli ha llamado “el malestar de la democracia”, porque, éste solo podrá solucionarse con la participación de todos, pero sobre todo, asumiendo la responsabilidad de todos (comenzando claro por la clase política).

En México, la transformación institucional, social y cultural, puede otorgarnos, irónica pero positivamente, la oportunidad de implementar una solución que nos lleve al uso de estos tres elementos con inteligencia social y política.
Por cierto, no es, volviendo a Paz, “complicando el debate, por la perpetua oscilación entre la gritería y el monólogo”, como nos encaminaremos a ello.

Cuarta parte (Publicado en La Jornada Zacatecas en su versión impresa del día 18 de agosto de 2016 http://ljz.mx/2016/08/18/democratizacion-rendicion-cuentas-gobernanza-cuarta-parte/).

Parece haber un consenso actual en torno a la idea de que, frente a los complejos problemas de nuestras sociedades modernas, el gobierno no es suficiente. No basta su intervención y estrategias, sí son solitarias y no articuladas con otros actores en creciente importancia, como lo son la sociedad civil, preferiblemente la organizada, los grupos empresariales, o sea la iniciativa privada y las organizaciones sociales.

En ello cada día se empatan más, la tarea de gobierno y la tarea democrática. Para que los gobiernos emanados de procesos democráticos, continúen siéndolo luego de ejercer el poder y fortalezcan a este régimen liberal, se requiere la constante participación cívica. Carlos Rodríguez Estacio, en un artículo reciente en el diario español El País, lo explica así: “El régimen democrático no es sólo el más complejo, es también el más arriesgado. No basta con que exista sufragio universal o el entramado jurídico-político característico de la democracia: es necesario que los ciudadanos dispongan de un bagaje exigente y específico”.

Sí aceptamos que la articulación necesaria y cada vez más evidente entre los conceptos de democratización, rendición de cuentas y gobernanza, en el que el primero es elemento base para que la segunda se ejerza a plenitud y cumpla con sus objetivos, al tiempo que la tercera es una dinámica actual, sin la que las otras dos no se entienden completas, ni alcanzan a ser solución, sino acaso y mecanismos inconexos que profundizan la crisis de legitimidad y credibilidad, de los gobiernos democráticos, y con ellos, la democracia misma.

Citando a Luis F. Aguilar (en Gobernanza, el nuevo proceso de gobernar): “Una consecuencia no querida de la democratización ha sido el debilitamiento de la capacidad directiva de los gobiernos democráticos, tal como lo demuestra el descontento respecto del desempeño económico y social de las democracias…”

Esto se explica, no sólo por los resultados, sino también por la ausencia de comunicación efectiva, de la implementación de democracia deliberativa, ambas partes inherentes de un ejercicio completo de rendición de cuentas, que a su vez, contribuya a la formación ciudadana, su interés y participación en el debate de lo público, y culmine en la corresponsabilidad de distintos sectores más allá del gobierno y sus actores institucionales.

Tampoco basta con la especialización de las áreas dentro del gobierno, y la creación de organismos autónomos o análogos. Como lo expone el propio Aguilar: “la presencia de numerosos actores con diferentes ideas, intereses y recursos en las acciones de gobierno no incrementa de suyo la eficacia directiva si no hay coordinación y cooperación y éstas son inestables, parciales y previsibles”.

El enfoque, tiene que ir entonces en otra dirección que no retorne sin fin al propio gobierno y su aparato. Cada vez se requiere más de la capacidad para salir de este círculo e ir en búsqueda de los elementos ausentes. No sólo en la formulación de propuestas, estrategias o políticas públicas, como se ha hecho antes, sino en su propia implementación, evaluación y rediseño.

Dadas las condiciones en nuestro país y su sociedad, no solo la capacidad de los funcionarios públicos es suficiente, se requiere de creatividad y empeño en innovar el proceso mismo de cogobernar, para hacerlo confiable, interesante, transparente y eficaz. La gobernanza solo se logrará con un impulso de quién ostenta el poder para hacer partícipes de la decisión a los que no, con toda transparencia, franqueza y disciplina. Si bien, en la etapa inicial será complejo, los resultados, como en todo proceso de interacción, revelará fortalezas y áreas de oportunidad, información que será de utilidad para un proceso constante de mejora y coparticipación responsable.

Hay que entender que tanto democratización, como rendición de cuentas y gobernanza, forman parte de una lógica común: la participación hace posible la democracia y la transparencia, la rendición de cuentas efectiva y la gobernanza, sí incentivamos a la ciudadanía a ser el eje de todos ellos, el gobierno verá fortalecida su figura, su reputación y confianza, lo que a la larga le permitirá ejercer con altos grados de legitimidad la conducción de la sociedad.

Quinta parte (Publicado en La Jornada Zacatecas, en su versión impresa del día 24 de agosto de 2016- http://ljz.mx/2016/08/24/democratizacion-rendicion-cuentas-gobernanza-5/)

Si bien, durante y luego del proceso de transición a la democracia, se consideró como un efecto positivo de la democratización, la participación ciudadana en los procesos electorales, su interés e involucramiento en la defensa del voto, así como la expresión de sus simpatías o rechazos al momento de ejercer su derecho político al sufragio, hoy esto no es suficiente, y parece ya una participación limitada, con la cual no basta.

Es la intervención permanente de los actores no estatales la que permitirá la diferencia. En este sentido la gobernanza es un concepto oportuno para desarrollar una dinámica que permita mantener al Estado la tarea de gobernar, y a la iniciativa privada y sector social, participar en este proceso sin asumir responsabilidades ni un papel que no le corresponde, y que al contrario, las desvirtuarían.

Un papel que no desvirtuaría el rol que juega la ciudadanía (sea iniciativa privada u organización social), es la de ser el motor y centro del diseño, la implementación, evaluación y rencauzamiento de las políticas públicas. Coincidamos: uno de los principales problemas que encontramos en éstas es su temporalidad ligada a los períodos de los gobiernos que las proponen. No hay pues, políticas públicas de Estado, sino solo políticas públicas de gobierno. Esto se explica porque los actores políticos que encabezan las administraciones se van o juegan papeles de diverso peso político entre uno y otro período de gobierno ¿Qué es lo constante? La sociedad. Los políticos (funcionarios), pueden ser sustituidos de un día a otro, dependiendo de una especie de “fortuna” o “suerte” (para darle términos simples y llanos), pero la sociedad, como ente colectivo permanece. Luego entonces, es ahí el centro que deberían tener nuestras políticas públicas con la finalidad de que no estén limitadas a períodos, sino a resultados.

Cito a Eugenio Lahera Parada, en Introducción a las Políticas Públicas: “En algunos análisis el Estado aparece como el responsable de determinar por sí solo las políticas a seguir y debería ser también su único ejecutor. Para cumplirlas solo podría utilizar los métodos tradicionales ya conocidos en el pasado y la única evaluación posible serían las elecciones. Esta visión es consistente con algunos supuestos sobre el gobierno como entidad con unidad de propósito, con la mayor cantidad de instrumentos posibles, una habilidad perfecta para comprometer acciones y recursos y una clara función-objetivo: la maximización del bien público. Estos supuestos son irreales. (…) las políticas públicas se caracterizan por la diversidad de agentes y recursos que intervienen en su cumplimiento. (…) los medios con los que el sector público cumple sus objetivos, han variado.”

La visión que pone en el centro de las políticas públicas al Estado, a través de cualquiera de sus órganos parece no estar dando los frutos que esperábamos. Por eso, habría que encontrar las fórmulas que nos permitan insertar, con independencia real y autonomía, a la sociedad civil.

Volviendo a Luis F. Aguilar (Gobernanza: el nuevo proceso de Gobernar), “el gobierno es un agente de dirección necesario, pero insuficiente”. Se requiere sí de él, su profesionalización y su organización sistemática, pero los fenómenos y problemáticas sociales hoy, lo han superado con todo y que pueda ser eficiente y eficaz.

No solo eso, el contexto le ha mermado legitimidad y lo ha puesto a prueba en su forma más bondadosa: la del gobierno democrático. Pero con la creatividad y visión necesaria, ésta puede ser más una oportunidad que el anuncio de una desgracia.

Volviendo a Lahera Parada: “La comunidad en la que se encuentra el origen de poder democrático, legítimamente busca ejercerlo también en este terreno; las personas se interesan y participan en la solución de sus inquietudes (…) De ese modo, el gobierno, sin menoscabo de sus funciones de regulación, control y evaluación, puede utilizar mejor la capacidad de gobernar, que es un bien escaso y liberar recursos para concentrarlos en sus tareas principales. La integración de los esfuerzos estatales y privados para servir algún fin público (…) lleva a resultados superiores, tanto desde un punto de vista cuantitativo como cualitativo, ya que permite aumentar la participación y la transparencia”.

Cierro estas reflexiones citando a Aguilar: “(…) la gobernanza es un concepto post gubernamental más que antigubernamental de gobernar y quiere significar un nuevo proceso directivo, en tanto la definición y efectuación de los objetivos sociales es resultado de un nuevo tipo de relación entre gobierno y sociedad, que no es dominado por gobierno y que, por ello, tampoco puede ser en modo de mando y control, dada la independencia política de los actores sociales y su fuerza relativa en virtud de los recursos que poseen y de los que el gobierno carece”.

Ha llegado pues, el momento de replantearnos nuestras metas institucionales y sociales. Ni las posturas anti-gobierno, ni las posturas pro-gobierno, son suficientes. El justo medio está ahí y promete mejores resultados.